De lo que escribí cuando me dieron el alta terapéutica
Cuando entré en la universidad, al principio todo iba sobre…

Cada vez que regreso del norte —Alemania, para más señas— y piso el sur —Almería, ese sur íntimo, familiar, antiguo—, me doy de bruces con una escena que se repite con precisión casi ceremonial. Amigos, vecinos, familiares, me reciben con un entusiasmo que no es solo afecto, sino una afirmación constante y eufórica del lugar que habitan: “Aquí se vive mejor”, “esto allí no te lo comes, ¿eh?”, “este clima no lo tenéis allí ni en sueños”. Y uno, por no aguar la fiesta, asiente, sonríe, responde con alguna frase diplomática, aunque por dentro empieza a formarse la vieja sospecha: ¿hasta qué punto este orgullo no es otra forma de ceguera?
No se trata, claro, de negar lo evidente: en España se come bien, el clima es benigno, y la vida social tiene una textura cálida, inmediata, que en otros países apenas sobrevive. Lo que llama la atención no es el contenido de esas frases, sino el tono con que se pronuncian. Ese fervor sin fisuras, esa certeza que no admite matiz, como si lo propio agotara todas las posibilidades del bienestar. Hay ahí algo que no termina de convencer: una euforia que parece necesitar del extranjero para reafirmarse. Como si lo que somos solo pudiera brillar al contrastarse con lo otro.
El etnocentrismo no siempre se presenta como doctrina ideológica, ni como superioridad explícita. A veces se manifiesta de forma inadvertida, envuelto en la calidez de una conversación, en el fervor de la nostalgia, en el consuelo de pensar que lo nuestro es, por definición, lo mejor. El sesgo no se impone: se cuela, con sigilo, en las rendijas del habla diaria. Lo peligroso no es tanto el orgullo como la incapacidad de mirar más allá de él.
En Alemania, por ejemplo, no abundan los brindis repentinos ni los cafés con sobremesa infinita. Pero a cambio, cada cosa tiene su sitio y su hora. Se respeta el silencio como si fuese una forma de cortesía, y el tiempo no se derrocha sino que se organiza, con un sentido de previsión que aquí a menudo se confunde con frialdad. Al principio cuesta, claro. Pero luego, uno empieza a entender que lo cálido no siempre es espontáneo, y que lo serio no siempre es distante. Y es entonces cuando se vuelve más difícil aceptar esa reducción caricaturesca con la que se define al otro: que si “los alemanes son cuadriculados”, que si “allí la gente no sabe disfrutar de la vida”. Como si vivir bien fuera solamente tomar el sol en una terraza y no llegar nunca puntual.
Hay una falacia frecuente —el sesgo de confirmación— que consiste en observar el mundo seleccionando solo aquello que encaja con nuestras ideas previas. Así, el jubilado alemán que se instala en Málaga es la prueba de que “todos quieren venirse aquí”; pero el joven español que emigra en busca de trabajo se convierte en una excepción silenciosa, casi en una anécdota personal que no merece ser explicada. No hay mirada panorámica, sino collage complaciente. Se elige lo mejor de lo propio y lo peor del otro. Lo que brilla se exhibe; lo que duele, se oculta.
No deja de sorprenderme que tantos alemanes elijan España como lugar de retiro, pero no como destino laboral. No es un dato menor. Vienen a vivir su vejez, pero no su juventud activa. Celebran el clima, la gastronomía, la vida lenta; pero no buscan aquí el rigor, la estabilidad, la estructura que sí encuentran en su tierra natal. ¿Qué significa eso sobre nosotros? Tal vez que el paraíso que ofrecemos no es completo. Tal vez que no basta con que la vida sepa bien; hace falta también que se sostenga.
Hay algo en esa forma de orgullo local que me recuerda a ciertas sobremesas familiares, cuando se habla con nostalgia del pueblo de origen, y se alaban sus fuentes, sus campos, sus fiestas. Nadie menciona el frío en las casas, la dureza del campo, la emigración callada. Y sin embargo, se defiende el pasado como se defiende una infancia idealizada. Porque el recuerdo también es selectivo, y el amor a lo propio suele nacer de una mezcla de verdad y deseo. Pero no todo lo deseado es cierto.
No es fácil sustraerse a ese canto coral que repite con insistencia que lo nuestro es lo mejor. Sobre todo porque ese canto muchas veces nace del amor. Pero también del miedo. Miedo a cambiar, a aceptar que otras formas de vida pueden ser igual de válidas, o incluso mejores en algunos aspectos. Miedo a perder una identidad que parece frágil, como si solo se mantuviera viva a fuerza de repetirse.
A menudo, lo que nos enorgullece no es lo que somos, sino una versión idealizada y parcial de nosotros mismos. Se celebra el sol, pero se olvida el sueldo. Se exalta la alegría, pero se omite la precariedad. Hay una forma de pensar que reduce toda cultura a un puñado de postales felices. Es el pensamiento falaz que compara fragmentos: lo mejor de aquí con lo peor de allá, lo agradable del presente con lo ingrato del pasado.
El verdadero cosmopolitismo no consiste en recorrer países, sino en saber ver. Y ver implica renunciar, aunque sea un poco, a ese consuelo automático de que somos los mejores. Porque tal vez no lo seamos. O no siempre. Y reconocerlo no es derrotismo, sino madurez. Un país, como una persona, solo crece cuando acepta la crítica y escucha otras voces sin necesidad de ganar siempre el argumento.Tal vez algún día lleguemos a hablar de lo nuestro sin necesidad de ensombrecer lo ajeno. Tal vez podamos decir “sí, aquí se vive bien, pero allí también”, sin que eso suponga una amenaza. Tal vez podamos, por fin, dejar de usar el sol como argumento, y comenzar a valorar las cosas por lo que son, no solo por lo bien que lucen bajo la luz del mediodía.
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