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De Cherry, trombas de agua y momentos de película

9 de febrero de 2022

Sabíamos que estábamos alargando el camino con el fin de no despedirnos,
con el fin de que nuestra primera noche juntos durara para siempre.
Ana Sieben, Mi querida araña

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Conocí a Cherry al poco de llegar a Granada. Ella, una chica alocada y extrovertida, sería la encargada de subirle unas cuantas revoluciones a mi vida durante los próximos años. Lo que más me gustaba de ella era que me hacía sacar esa parte pueril que tanto tiempo mantenía reprimida. Tras hablar durante un tiempo, la invité a una cena especial que organizaba mi residencia.

Ella —y que conste que yo no lo sabía— tenía pareja. Tampoco sabía que tenía inmensas dudas acerca de lo que sentía por mí, pero aún así accedió a venir a la cena. Esa noche acabamos a solas a altas horas de la madrugada hablando de todo y de nada. Y como nos quedamos con ganas de más, al día siguiente volvimos a quedar. Hubo un momento, sentados en la terraza de una cafetería, en el que mi mano empezó a subir por su pierna, haciéndole leves caricias.

Según Cherry, fue ahí cuando en su mente ya se había tomado la decisión.

El romanticismo hollywoodiense no duraría demasiado; empezó una tromba de agua de esas que le gusta a Granada en los meses fríos, y tuvimos que irnos de la terraza. Queríamos que se alargara la tarde, que aquellos instantes no se esfumaran tan rápido y se hicieran eternos. Las calles estaban vacías, teníamos la ciudad entera para nosotros.

Al final, nos refugiamos en la alcaicería.

Y fue justo ahí, en el rellano de uno de esos puestecillos de souvenirs de la Alhambra, donde tuvo lugar el que fuera uno de los besos más bonitos y buscados de mi vida.

Ilustración de Álvaro Concepción

Lo que no nos dicen es que la relación entre la tormenta y la calma es bidireccional. Los problemas no tardarían en llegar y creo que ese compendio de cambios —empezar una relación con alguien, sentirme rechazado por mi padre y todavía depender económicamente de él— acabó cobrándome un peaje emocional. Empecé a pasar mucho tiempo dentro de mí, cautivo de mis pensamientos, obsesivo con la idea de que no hacía las cosas bien, de que no era suficiente, de que mi relación y mi pareja no eran suficiente para mí. Y no entendía por qué y de dónde venían todos estos pensamientos.

Se me desdibujó la sonrisa de la cara, y este estado afectó todos los planos de mi vida. En aquel momento no había mucha información acerca del Trastorno Obsesivo Compulsivo, y Cherry y yo no teníamos ni idea de cómo gestionar la situación. Y así fue cómo, tras un par de idas y venidas, Cherry decidió ponerle desenlace a aquel inexorable caos.

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Manuel

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