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De saltar al abismo con una cuerda

9 de febrero de 2022

Acaba enero y os tengo que confesar que abismo es una palabra que me hace tilín. A contrario que muchas palabras que acaban en -ismo, abismo tiene poco o nada que ver con movimientos (impresionismo), con sistemas o doctrinas (cristianismo), o con algo del estilo. Su terminación es de superlativo, y marca como todos sabemos un lugar que es muy profundo y oscuro.

Un lugar como la depresión.

El lenguaje es algo tan sumamente poderoso que nos permite conceptualizar unas cosas en lugar de otras para que todos nos podamos entender. Cuando decimos que «hemos tocado fondo» o que «no sabemos cómo salir de ahí» (en el contexto de estar mal), conceptualizamos la depresión, que es una entidad abstracta por mucho que se hagan caricaturas con monstruos o perros grises, como algo más concreto, que tiene barreras físicas (de profundidad o con la posibilidad de contener algo). Por eso también podemos «salir» de ella.

Siempre hay una salida por mucho que no la veas, por mucho que no veas la luz, y piensa que, como dicen los de Shinova: «que si estás viendo sombras es porque siempre hubo luz».

Volviendo al tema: en estos casos algunas de las metáforas subyacentes coinciden con las que empleamos al hablar del amor. En francés e inglés, te caes enamorado literal, como si fuera un lugar profundo, e incluso no nos suena raro preguntarnos por la profundidad de dicho amor (how deep is your love). Quizás eso es mejor que quedarse en un amor en la superficie que debe ser un amor superficial (¿qué te voy a contar yo del amor?). El castellano te presenta el enamoramiento como un lugar del que teóricamente puedes entrar y salir, pero no a conciencia. Lo marca el prefijo -en, al igual que en otras palabras tan aleatorias como encabronarse o encapotar (el cielo está encapotado…).

A mí personalmente me gusta la idea de caerse en este tipo de estados (enamoramiento, enfermedad) porque me gusta la idea de llevar una cuerda conmigo, a modo de puenting, que me haga rebotar rápido, en caso de que las cosas se pongan chungas.

Aunque a veces esto suponga miedo a no atreverse.
Miedo a no enfrentarse a la incertidumbre.
Miedo a lo que el abismo pueda deparar.

Hay que hablar más de depresión, de amor, y de miedos.

Todo esto para deciros que el mes de enero ha sido rarete, que me alegro de haber vuelto a Hamburgo y de que el lenguaje es una de las maravillas de la vida, porque sin él sencillamente no habría realidad. No habría forma de explicarla.

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Manuel
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