De cómo el lenguaje condiciona la realidad
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No mentiría si os dijera que el mes de las aguas mil ha supuesto una bocanada de aire fresco dentro del caos. El cambio estacional de palomas por avispas, abejas y mosquitos del tamaño de mi cabeza es palpable. Me gusta abril y en cierto sentido, me gustaría —muy egoístamente— que el tiempo se parara.
Pero el tiempo gana siempre la competición.
El tiempo vuela, dicen.
Una mañana de abril estaba en la playa del Elba cuando vi a un niño pequeño, tendría no más de año y medio, jugando con un cubo de plástico que tendría el tamaño de su puño. El pequeño levantaba pequeñas construcciones de arena para luego destrozarlas él mismo o dejar que el peso de las olas hiciera el resto. El niño tenía una sonrisa en la que cabía toda la felicidad del universo, o por lo menos la de los hamburgueses. Los padres aguardaban desde una distancia relativamente prudente mientras se comían a su hijo con la mirada.
Inevitablemente en estos casos, paso de la ternura inicial a la tristeza existencial.
Me puse a pensar en que ese niño crecerá y en lo difícil que sería algún día para sus padres desprenderse de él.
Me puse a pensar en esos besos que a veces te hacen desear parar el universo en abril.
Me hizo pensar en mis sobrinos, que cada vez que me ven han crecido medio palmo y saben hacer algo nuevo. No es que compare a mis sobrinos con Pokémon de forma consciente, pero cuando alguien te abre la puerta por primera vez y lo habías dejado a gatas, o te cuenta que se hace videos porque quiere ser YouTuber y antes quería ser futbolista del Madrid, pues te quedas con estas cosas.
Me hizo pensar en mis padres, a los que el inexorable paso del tiempo les empieza a pasar factura. Su futura e inevitable muerte me ha preocupado desde hace muchos años; es un tema que antes suponía un bloqueo directo en mi mente, y es quizá el tema con el que de lejos más me cuesta bailar la incertidumbre 💃.
Me hizo pensar en que la vida es tomar decisiones y en que cuántos de nosotros estaremos eligiendo perdernos presenciar el paulatino paso del tiempo en los otros por ser más felices en otro lugar.
Pensar en que mis padres algún día no estén me genera malestar.
Pensar en que algún día yo no estaré me genera bloqueo, tristeza, pero luego, después de todo eso, sobresalen ganas de vivir. Me hace recalibrarme con mis intenciones en la vida, relativizar a niveles brutales, y no caer en el drama estúpido y en el discutir por llevar la razón.
Me hace pensar en la verdadera importancia del tiempo y en que cambiar horas por divisas como el que cambia huevos por manzanas no funciona en mi vida, porque el tiempo jamás volverá.
Me hace pensar que regalar tu tiempo sin esperar nada a cambio es lo más valioso que puedes hacer por ti y por los demás.
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