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De los cuñados del vegetarianismo / veganismo

31 de marzo de 2025

Vamos a rebatir 10 mitos sobre el vegetarianismo / veganismo para que puedas discutir con tu cuñado Manolo. Debajo te dejo también una escena familiar.

Las plantas también sienten

Aunque las plantas reaccionan a estímulos (luz, daño, etc.), no tienen sistema nervioso ni cerebro, por lo que no pueden sentir dolor en el sentido en que lo hacen los animales. El dolor implica experiencia consciente, algo ausente en las plantas.

Te faltan vitaminas

Es cierto que la B12 no se encuentra en alimentos vegetales en cantidades fiables. Pero esto no significa que la dieta sea deficiente, sino que se requiere suplementarla, como hacen muchas personas sin saberlo (la B12 se suplementa en piensos animales). No es un defecto del veganismo, sino una adaptación dietética sencilla.

En unos años te saldrán déficits por todos lados

Una dieta vegetariana o vegana bien planificada cubre todas las necesidades nutricionales. De hecho, está asociada a menores tasas de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer.

Es solo una moda

El vegetarianismo tiene raíces milenarias en culturas como la india, el budismo o el pitagorismo griego. Hoy su auge se debe a mayor conciencia ética, ecológica y de salud. No es moda: es una evolución cultural con fundamentos sólidos.

Comer animales es lo natural

El argumento naturalista (“lo natural es bueno”) es una falacia. Violencia, dominación o enfermedades también son “naturales” y no por eso las justificamos. Además, tenemos la capacidad de elegir no causar sufrimiento innecesario.

El ser humano necesita carne para sobrevivir

No hay ningún nutriente exclusivo de la carne que no pueda obtenerse de fuentes vegetales o suplementos seguros (como la B12). Organizaciones de nutrición de todas partes del mundo consideran que las dietas vegetarianas son saludables para todas las etapas de la vida.

Ser vegano es más caro

Una dieta vegana puede ser incluso más barata si se basa en legumbres, cereales, frutas, verduras y frutos secos. Los productos procesados veganos sí pueden ser caros, pero no son necesarios. El alto coste se asocia a decisiones de consumo, no al veganismo en sí.

La comida vegetariana no está rica

Esta afirmación suele venir de quien solo ha probado lechuga con tomate en casa de alguien con poca mano. Las cocinas de India, Líbano, México o Tailandia tienen platos vegetarianos de sabor intensísimo.

Si todos somos veganos, las vacas invadirán el mundo

La cría de animales responde a la demanda humana. Si esta cae, su reproducción se reduce. No hay “sobrepoblación vaca” sino sobreproducción industrial programada.

Comer jamón es tradición

Esta idea confunde tradición con inmutabilidad. Las tradiciones evolucionan. Antes se celebraban cumpleaños con tabaco y coñac; hoy con tartas y música en Spotify. Cuestionar costumbres con ética no es un ataque a la cultura, sino una forma de renovarla.

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Y ahí estaba mi cuñado Manolo, el del entrecot dominguero y la risa escandalosa, mirándome como si le hubiera dicho que pienso adoptar un apio.

—¿Vegetariano tú? Venga ya. Si tú has mamado lomo en manteca y choto al ajillo desde chico.
—Pues sí. Y de pequeño también veía «Doraemon» y «Un, dos, tres», y no por eso voy a seguir con lo mismo toda la vida.

Manolo resopló, acomodándose en la silla como quien se prepara para una tarde larga. Los niños ya se habían ido al patio, la mesa estaba despejada salvo por los huesos del jamón y la botella medio vacía, y ahí empezaba su espectáculo favorito: debatir sin moverse.

—Pero vamos a ver, alma de cántaro, las plantas también sienten. No lo digo yo, ¿eh? Lo dice la ciencia.
—Claro, y también las piedras se calientan al sol, pero no por eso sienten nostalgia. El horno también se pone rojo si lo calientas, pero no sufre. Las plantas no tienen ni cerebro, ni sistema nervioso, ni conciencia. Y si algún día una acelga me pide que no me la coma, me lo pensaré.

Mi madre, que andaba trajinando en la cocina, soltó una risa bajita. A ella estos rifirrafes la entretenían más que las novelas turcas.

—Esto es una moda, ya te lo digo. Como el aguacate, la espirulina y las barbas hipsters.
—¿Moda? Pues díselo a la tía Concha en Órgiva, que lleva toda la vida haciendo potaje de hinojos y pisto con berenjena del huerto. Que yo sepa no tiene TikTok, ni falta que le hace. Lo que pasa es que ahora lo llaman «plant based» y ya parece cosa de ricos.

Manolo cogió la copa con solemnidad, como si fuera a brindar por la lógica, y disparó con aire de sentencia:

—Y la B12, eso sí que no puedes negarlo. Te falta. Te va a faltar. Te está faltando.
—Y tú sin yodo, sin hierro y sin paciencia, pero aquí estamos. Hoy en día hasta los médicos recomiendan suplementos a media España.

Entonces se puso serio, como si sacara el tema que de verdad le dolía.

—Yo, sin carne, no disfruto. La comida vegetariana no está buena. No me entra.
—Porque solo has probado col hervida en casa de la prima Lola, y esa mujer ni sal le echa por miedo a la tensión, o una lasaña de espinacas congelada del supermercado porque te equivocaste. Vente un día que te hago un arroz meloso con setas y alcachofas que te arrodillas. ¿O no te acuerdas del ajoblanco de la abuela? Pues eso es vegano, Manolo. Y bien que te lo zampabas. El problema no es la comida vegetal. Es que en tu cabeza el sabor lleva chistorra de apellido.

Al fondo se oía el zumbido de las chicharras y el runrún de la tele en el salón. Manolo se quedó callado un momento, removiendo con el dedo la última gota del vino en la copa.

—Yo solo digo que esto se te va a pasar. Igual que cuando dijiste que ibas a dejar el café o el gluten sin ser celíaco.
—Sí, y luego volví, pero ahora no es lo mismo. Esto no va de caprichos. Es una manera de vivir con menos daño. De no comerme a quien no me haría lo mismo.

—Ya estamos con el dramatismo —respondió, entre riendo y resignado—. Lo tuyo es de novela.
—Claro. Y tú eres más de copla. Pero bien que me escuchas, Manolo. Bien que te quedas.

Y pensé, mientras recogía los platos con la calma del que ha dicho lo que quería decir, que en el fondo estas conversaciones eran como las sobremesas del campo: se alargaban sin prisa, entre moscas, migas y frases repetidas, pero escondían en su monotonía una especie de verdad sencilla, como las que uno escucha en las noches de verano en nuestra casa del pueblo, cuando los grillos compiten con las voces familiares y el vino pasa sin pedir permiso.

Manuel

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