Del inexorable pasar del tiempo
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Mayo ha sido un mes altamente emocional. He experimentado sensaciones difíciles de gestionar, siendo quizá la más difícil la de estar en un lugar en el que no quería estar por querer estar en otro lugar.
A pesar de ello, he podido disfrutar de darle a la pata y recorrerme un poco parte de Europa, principalmente Paris y Praga. Cada una de las ciudades me ha hecho pensar y escribir cosas que creo merece la pena compartir en posts posteriores, valga la cacofonía.
De mayo me quedo con un par de conversaciones que me hicieron reflexionar sobre la lengua y su poder. En especial con la siguiente.
Horas más tarde de llegar a Praga, conocí a un chico de Murcia capital. A manera de broma, le pregunté si pensaba que Murcia merecía ser capital o si era mejor dejarle ese lugar a Cartagena. Me respondió preguntando de forma retórica si sabía cómo nos llamaban a los almerienses. Gitanos, me dijo.
(Ese mismo día casualmente se aprobó en el Congreso la modificación del Código Penal para incluir el antigitanismo como delito de odio)
No había dormido casi nada la noche anterior; en el autobús nocturno me tocó estar al lado de siete alemanes que se iban de despedida de soltero, y que decidieron incluirme en la primera parte del plan dándome licores de todo tipo para brindar por el novio.
Y entre el cansancio y que me han llamado eso tantas veces en mi vida, pues la verdad que obvié su comentario.
A los minutos me fui, pero mi cabeza empezó a darle al coco (inception mode).
Al día siguiente el chico me dijo que si me habían sentado mal sus palabras. Y le dije que no, que precisamente le quería dar las gracias porque estaba teniendo un minibloqueo a la hora escribir, y sus palabras hicieron que me viniera a la mente el siguiente caso hipotético.
¿Qué diríais si un niño de unos ocho años fuera capaz de decir «mira cómo corre el negro» (como si fuera un atributo que le es natural y esperado), ese «habla panchito» (primero, uso peyorativo; segundo, uso erróneo atributivo de algo físico en algo acústico), «no seas maricón» (en referencia a debilidad, o a algo errático), «moro de mierda» o «no seas gitano/gitanaco»?
Ojo, yo no soy ningún santo. Yo también he tenido conciencia cero de estas cosas y he dicho cualquiera de estas cosas en estadios anteriores de mi vida.
Yo no era inocente, a pesar de no entender.
El lenguaje tampoco es inocente.
Las palabras no son inocentes.
Las palabras crean la realidad y la perpetúan.
Es por eso que cambiando la manera en la que hablamos cambiamos nuestra realidad cercana y la realidad social en la que vivimos.
La realidad social es enorme y subjetiva y se divide en microrrealidades, que son como pequeñas porciones de la realidad.
Es en estas microrrealidades donde se ve mejor el efecto que tiene el lenguaje.
En mi opinión, creo que hay que hacer un ejercicio medio-alto de empatía para entender que si existe un colectivo —normalmente minoritario— quejándose porque se siente discriminado de alguna forma, lo mínimo que podemos hacer es sentarnos a escuchar e intentar entender.
Quedarse con la macroestructura es muy fácil, entender el trasfondo es lo complicado.
A mi generación le cuesta comprender que «presidenta» o «jueza» fuera tan solo la mujer del presidente o del juez. Esto era así porque seguramente la realidad no estaba en ese estado en el que una mujer pudiera alcanzar tales posiciones de poder. Y no estamos hablando de hace tantos años.
La realidad y el lenguaje van de la mano.
Y lo que a ti te puede parecer una chorrada puede ser importante para otra persona.
De la misma forma que las cosas que son para ti un mundo pueden ser una auténtica chorrada para otra persona.
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